¿Qué pasa si quiebra un país?
- Diego Alcalá
- 15 sept 2025
- 5 Min. de lectura

La quiebra de un país no es ciencia ficción, aunque muchos inversionistas actúan como si fuera imposible. Apenas en 2001, Argentina defaulteó por segunda vez en su historia moderna, y en la última década hemos visto a países como Venezuela colapsar económicamente mientras Grecia rozó el precipicio, sin mencionar muchos otros países que están cada año coqueteando con el colapso.
La idea de que "los países no quiebran" persiste entre quienes no han experimentado personalmente una crisis soberana, que somos la mayoría.
Como Warren Buffett alguna vez dijo: "Solo cuando baja la marea descubres quién estaba nadando desnudo". En el contexto de crisis soberanas, la marea baja revela qué tan expuestos estamos realmente a riesgos que creíamos controlados. La pregunta no es si ocurrirán más defaults soberanos, sino cuándo y cómo nos afectarán.
Un país no quiebra de la misma forma que una empresa. No existe un tribunal internacional que declare la bancarrota nacional, ni un proceso ordenado de liquidación de activos. El default soberano es más bien una incapacidad declarada o de facto para cumplir con las obligaciones de deuda en los términos originalmente acordados.
Esto puede manifestarse de varias formas: desde la suspensión total de pagos hasta reestructuraciones forzosas donde los acreedores aceptan recibir menos de lo prometido. En algunos casos, los países simplemente imprimen más dinero para pagar, generando hiperinflación que destruye el valor real de la deuda, pero aniquila a sus ciudadanos y a su economía interna en el proceso.
La gran diferencia está en que los países tienen herramientas que las empresas no poseen: pueden cambiar las reglas del juego mediante legislación, controlar la emisión monetaria si tienen soberanía sobre su moneda, y en última instancia, recurrir a la coerción fiscal directa. Aunque cabe mencionar que estas herramientas tienen límites, y cuando se agotan, el default se vuelve inevitable.
Identificar cuándo un país se dirige hacia la quiebra requiere observar indicadores que van más allá de los datos económicos tradicionales. El ratio deuda-PIB, aunque importante, puede ser engañoso, Japón mantiene una deuda superior al 250% de su PIB sin problemas, mientras que países con ratios menores han colapsado.
Los verdaderos indicadores incluyen la concentración de deuda en moneda extranjera, especialmente cuando supera el 60% del total. Un país que debe en dólares, pero recauda en pesos está jugando un juego peligroso contra el tipo de cambio. La estructura temporal de la deuda también es importante: vencimientos concentrados en períodos cortos crean vulnerabilidades inmediatas.
Más allá de los números, las señales políticas son igualmente reveladoras. La fuga de capitales, medida tanto por movimientos oficiales como por el crecimiento de depósitos de residentes en el extranjero, anticipa problemas. Cuando los propios ciudadanos de un país pierden confianza en su moneda y sistema financiero, el colapso ya está en marcha. Imagínate tú lo que puede pasar cuando se pierde la fe en el sistema político y social de un país.
Los mercados financieros suelen anticipar estos eventos a través del spread de los bonos soberanos. Cuando el costo de financiamiento de un país se dispara por encima de 1,000 puntos básicos sobre los bonos del Tesoro estadounidense, las alarmas ya deberían estar sonando.
Las crisis soberanas no afectan a todos por igual, pero nadie permanece inmune. La clase media, que tradicionalmente mantiene sus ahorros en instrumentos denominados en moneda local, suele ser la más golpeada. Sus depósitos bancarios se evaporan cuando la moneda se devalúa o cuando se implementan controles de capital que impiden acceder a sus fondos, como el corralito en Argentina.
Hemos escuchado de casos donde familias completas perdieron el patrimonio de generaciones en cuestión de meses. No por malas decisiones de inversión, sino por confiar en que su gobierno mantendría la estabilidad monetaria. La hiperinflación argentina de los años 80 y 90, o más recientemente la crisis venezolana, demuestran cómo los ahorros de toda una vida pueden convertirse en papel sin valor.
Los más afortunados son quienes diversificaron geográficamente sus activos antes de la crisis. Aquellos que mantuvieron cuentas en el extranjero, inversiones en moneda fuerte, o simplemente propiedades físicas, lograron preservar parte de su patrimonio. Como dice Ray Dalio: "La diversificación reducirá tus riesgos sin reducir necesariamente tus retornos", y esto cobra especial relevancia en contextos de crisis soberana o de fragilidad económica global como la actual.
La interconexión financiera moderna significa que las crisis soberanas rara vez permanecen aisladas. Cuando Argentina defaulteó en 2001, los efectos se sintieron desde Brasil hasta España, países con significativa exposición bancaria y comercial. Los bancos europeos que habían prestado agresivamente a economías emergentes enfrentaron pérdidas que los obligaron a contraer el crédito globalmente.
El contagio opera a través de múltiples canales. Los inversionistas, quemados por pérdidas en un país, retiran capital indiscriminadamente de mercados percibidos como similares. Las cadenas de suministro globales se interrumpen cuando un país importante deja de poder financiar sus importaciones. Los precios de commodities se ven afectados cuando grandes productores enfrentan restricciones para extraer o exportar sus recursos. Se vuelve un efecto dominó.
En el otro lado de la moneda, las crisis también crean oportunidades para inversionistas preparados. Los activos de países en crisis suelen cotizar a descuentos extremos, ofreciendo retornos extraordinarios para quienes tienen tanto el capital como el estómago para invertir en medio del caos. Como señala Howard Marks: "Las mejores oportunidades surgen en los momentos de máximo pesimismo".
Esta realidad me refuerza en mi convicción sobre la importancia de la diversificación geográfica inteligente. Mantener el 100% de nuestro patrimonio en activos denominados en pesos mexicanos, sin importar qué tan estable parezca México hoy, es asumir un riesgo de concentración innecesario.
Mi recomendación es estructurar tu portafolio de inversiones contemplando múltiples escenarios, incluyendo la posibilidad de crisis en nuestro país de residencia. Esto implica mantener una porción significativa del patrimonio en activos refugio: dólares estadounidenses, euros, oro físico, y propiedades en jurisdicciones estables. No por pesimismo hacia México, sino por realismo sobre la incertidumbre inherente al futuro. Aunque en mi caso personal, estoy un poco pesimista por la evidente amenaza que vivimos en México a las garantías individuales de todo tipo.
Los activos refugio no solo protegen durante crisis soberanas, sino que ofrecen flexibilidad para aprovechar oportunidades cuando otros están forzados a vender. Tener liquidez en moneda fuerte cuando los activos locales colapsan permite comprar propiedades, empresas o inversiones a precios que no se repetirán en años o décadas.
La clave está en encontrar el balance. Épocas como la actual retan más de lo normal a los inversionistas. Ser demasiado conservador significa perder las oportunidades de crecimiento que ofrecen los mercados locales en tiempos normales. Ser demasiado agresivo significa apostar todo a que la estabilidad actual se mantendrá indefinidamente, algo que la historia financiera mundial desaconseja rotundamente.
La preparación para escenarios de crisis soberana no es paranoia, es prudencia. Por eso es importante familiarizarnos con este término y estas situaciones.
En un mundo donde las crisis parecen acelerarse y las interdependencias financieras se multiplican, proteger nuestro patrimonio contra riesgos sistémicos se convierte en un componente esencial de cualquier estrategia de inversión seria.
Y tú, ¿Has considerado qué porcentaje de tu patrimonio sobreviviría si tu país enfrentara una crisis como la que vivió Argentina en 2001?
Diego Alcalá, Director Operativo en Comprando América




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